“Nunca pude entender la conversación que sostuve con una señora, hace muchos años, tenía yo diecisiete, ella treinta, era la noche de Navidad.
el 7 abr En: Desde alla adentro - sin comentarios
Habiendo convenido con un vecino en ir los dos a la misa de gallo, preferí no dormir; acordamos que yo iría a despertarlo a medianoche.....Y como la formación de mi abuelo no me permitía llegar tarde a ninguna cita, solo un minuto después de las 12 estuve allí. Toque dos veces la desgastada puerta de madera y antes de dar el tercer golpe interprete que, tal vez, el entusiasta católico de mi vecino había dormido lo que yo había desistido para poder llegar a despertarlo. No insistí más, y la infructuosa espera de 3 minutos me llevaron a alargar unos centímetro los pasos de mi lento caminar, en el deseo de conseguir el puesto esquinero de la tercera fila que durante más de 10 años me había acogido para escuchar desde allí las lecturas bíblicas, las reflexiones y los regaños del cura Arbeláez; los pecados de los feligreses y las respuestas de absolución venidas del confesionario; los mormullos noticiosos entre Doña Eloísa y la pequeña Lucia, una señora a quien la llegada de la vejez la había reducido a la estatura de una quinceañera; las críticas recibidas por las mujeres impuras de parte Don Alberto ;los silenciosos reproches del demacrado acolito frente a las escasas donaciones recogidas en la canasta de la limosna y el inconfundible ronquido de Don Augusto ,quien puntualmente entraba en un interminable sueño justo al iniciar el salmo responsorial. Cinco minutos duro mi retraso. Como es costumbre en la misa de Gallo, La capilla de San Diego había recibido más feligreses que en los 30 días de celebraciones litúrgicas del mes de enero. Con el afán de la tardanza y buscando cerciorarme que mi lugar en la tercera fila aún esperaba por su infaltable visitante me abrí paso entre la multitud al mismo tiempo que no paraba de rezar en voz alta el yo pecador. Sin darme cuenta otorgue más de un pisotón anónimo. Pero Dios y el busto de San Lucas ubicado en la última pared de las puertas de ingreso, sabían que mi intensión no era causar molestia alguna sino ser consecuente con mi corazonada. En mi interior guardaba la esperanza que Don Alberto se había acordado no sólo de lanzar sus acostumbrados insultos contra las mujeres impuras, sino también de cuidar celosamente el puesto de quien en el momento de dar el saludo de la Paz, estrechaba su mano derecha antes que cualquier otro. Levante la mirada y observe como efectivamente un saco de lana remplazaba mis posaderas. Reconocí el color del abrigo de Don Alberto y cuando el coro “Del perdón de los pecados” me avisaba del final del yo pecador, llegue a mi entrañable esquina. Agradecí con un guiño el gesto de amabilidad de mi puritano compañero y “el Amén” precedido de “la resurrección de la carne” fue la orden para tomar un merecido descanso. Acomodado en mi lugar, tome la actitud que suelen asumir los soldados en épocas de guerra. Encendí el radar de mis ojos y voltee mi cabeza hacía mis espaldas, luego a la izquierda y después a la derecha. Fue una inspección minuciosa. Todo estaba en orden. A mi derecha Don Alberto ya me había entregado desde mi arribó un primer indicio de que sus improperios en contra de las mujeres impuras estaban reservados para mi llegada. Atrás la respiración fuerte de Don Augusto me puso en alerta sobre la pronta divulgación del salmo responsorial, mientras adelante la voz de Doña Eloisa quien entregaba el último informe de hechos sociales y noticiosos a la pequeña Lucia, me reveló que Don Anibal, el carnicero, subió los precios no por el aumento de las reses sino porque su hijo paso exitosamente los exámenes para ingresar a la Universidad. De las lecturas bíblicas poco rescate. Debo confesar que las proféticas revelaciones, las cartas de los apóstoles y las interpretaciones de los enviados de Dios ya no se llevaban mi atención durante la corta visita a la Iglesia. La razón: conocía cada una de las letras de la Biblia gracias a los caprichos de mi abuela de querer un nieto sacerdote en su familia y las 4 horas diarias de clase de religión que recibía en el Eclesiástico Colegio Católico y Romano San Pablo. Finalmente, mis sentidos se concentraron en el lugar que a diferencia de la fe ciega de Don Alberto, motivaba mis continuos encuentros con Dios en la Iglesia. A mi izquierda, escuché desde del confesionario los quejidos de una mujer joven que decidió compartir sus tardes con otro hombre, ante la epidémica soledad que la obligó a pasar aburridas tardes cuidando sus dos hijos. La vi salir con un velo en su cabeza, en el mismo instante en que los feligreses cantábamos el “Santo, Santo, Santo” como antesala al ya conocido por mí, evangelio de la misa de Gallo. No obstante su salida apresurada alcance a reconocer que se trataba de la esposa de Aurelio, el abogado del juzgado, quien constantemente se jactaba de haber alcanzado la felicidad a sus escasos 30 años. La impura aún no criticada por Don Alberto dio paso a un hombre que a lo lejos no reconocí. Una voz ronca, hablo desde el interior mientras el padre cumplía con el protocolo chismoso de absolución. “Padre el pecado debe ser consumado para realizar la confesión”, pregunto el desconocido quien ante la respuesta negativa del sacerdote suplente salió corriendo al pulpito de la iglesia, saco un cuchillo y lo clavo en su corazón cuando los cientos de feligreses nos disponíamos a sentarnos y las palabras del señor Arbeláez proclamaban el “Palabra de Dios”. Después de la única interrupción de la misa de Gallo en la historia de la Iglesia de San Diego y del levantamiento del cadáver, me enteré que se trataba de un hombre que había decidido huir de su tierra y suicidarse en un lugar lejano cuando se enteró que su esposa lo engañaba en las tardes, mientras él trabajaba creyendo haber alcanzado la felicidad. Por fortuna Aurelio es abogado, no trabaja en la carnicería de Don Anibal y mucho menos suele ir a confesarse.

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