Por primera vez, la piel ruborizada y los ojos aguados no fueron causados por un triunfo deportivo, un premio musical o una nominación actoral del cine o la televisión en el exterior. Las sensaciones de ayer si fueron originadas por Colombia, mi país; y particularmente por un sentimiento que no fue inspirado desde afuera sino desde adentro, desde muy adentro. Porque los millones de Jóvenes, niños, adultos, mujeres, hombres, negros, blancos y mestizos, caminamos unidos en una sola consigna: “Estamos mamados de la violencia”.

Atrás quedaron las corrientes ideológicas. Los gritos, las camisetas blancas y los interminables pasos en las calles de todas las ciudades y el mundo demostraron que la Colombia que ha sido dividida en izquierda, derecha y centro, y donde los lideres se han llenado de orgullo en afirmar su trascendencia democrática, esta cansada de la historia violenta que la ha construido: “No más FARC”.

Y no más FARC y no más AUC, y no más muerte y no más a cualquier manifestación de violencia. Si algo quedó claro en la histórica movilización ciudadana es que los jóvenes podemos construir una nueva forma de resistencia. No necesariamente son las armas las que se escuchan y logran perpetuar transformaciones políticas y sociales que construyan un mejor país: al fin y al cabo desde hace más de 50 años muy poco ha cambiado. Y la marcha del 4 de febrero es un ejemplo de cómo los jóvenes pueden contagiar y convocar con novedosas propuestas y alternativas a toda una sociedad, a través de mecanismos como el Internet que, aunque algunos hayan intentado satanizar, también puede convertirse en una herramienta que accione el sentimiento y pensamiento de los ciudadanos.

Este suceso histórico del que hicimos parte millones de conciudadanos, es una enseñanza que ojala sirva para despertarnos del letargo causado por la insensibilidad y de paso, abrirle la paso a las formas de expresión y protesta pacífica. Una nueva generación nace y con ella una nueva Colombia